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Entrevista exclusiva a Susana Rinaldi, Madrina de la Sociedad Argentina de la Voz

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Susana Rinaldi, Madrina dela SAV.

“Tengo una concentración especial, mido las palabras del lenguaje

Cuando parecía que el tango moría, la voz de Susana Rinaldi lo llevó a cuatro continentes, dándole vida. En muchos lugares del mundo, su imagen es la del tango. Aquí, sabemos de su calidad interpretativa inigualable, que le ha permitido abordar el género clásico con la misma soltura que el tango. Ella ha acercado nuestra música ciudadana a nuevas generaciones a través de sonidos electrónicos; a amantes de la “música culta” a través de su voz elegante, y al mundo desde sus espectáculos de alma porteña. Quién mejor que ella para hablar del amor por la excelencia, del compromiso, del tesón.

¿Qué formación le parece que tiene que tener un cantante popular?
Una formación total. Tiene que interiorizarse en el mundo de la literatura, de la misma manera que se interioriza en la música. Sería maravilloso que haya llegado a lo popular, viniendo de lo clásico.

¿Usted viene de lo clásico?

Si, vengo de lo clásico. Hubiera querido ser una buena cantante de cámara. La escuela alemana de canto que yo he tenido me ha servido mucho como disciplina vocal.

La escuché cantar música de cámara, acompañada por Bruno Gelber…
Si, ese evento fue organizado por Valenti Costa que era quien estaba a cargo de la wagneriana en aquel entonces. Fue una gran sorpresa para todos que yo quisiera cantar los lieders de Schumann y Brahms, y que Bruno Gelber se uniera a la música popular. Valenti Costa decía que nunca en la historia de la wagneriana había habido una receta de boletería tan alta como la que hubo en esa oportunidad. Fue una experiencia notabilísima. Eso sucede cuando uno estudia, se perfecciona, trabaja desde la música clásica y a partir de la música clásica. .
Sí, pero estudié muchísimo.

Si pero también usted tiene gran talento…

Creo, como creía Piazzola, que no es talento; es trabajo, constancia, perseverancia. Yo diría casi el empecinamiento que uno pone. Pensar la voz pequeñita que yo tenía cuando comencé a estudiar en el Conservatorio Nacional de Música. Yo era una cantante afinadita. Mi voz era chiquita y creció muchísimo. Pero sin duda el estudio y el trabajo tienen mucho que ver en eso. Susana Naidich, como profesora mía, puede dar fe de esto que estoy diciendo.
Cuando estaba cantando en la “Botica del Ángel” de Bergara Leumann, Susana vino a decirme que si no aprendía a cantar me iba a quedar sin voz y que cualquier cosa que necesitara, ella estaba a mi disposición. En ese momento, la odié y pensé: ¿quién es esta mujer que me dice esto?.

¿Hasta donde se puede emocionar uno sin llegar a que se le quiebre la voz?

La emoción no es un toque del momento que se da por casualidad. La emoción es un pensamiento puesto alrededor de lo que se dice y de la historia que uno cuenta. Puedo emocionarme muchísimo y no llorar por eso. Estoy concentrada en lo que te estoy dando, en lo que te estoy brindando, en el significado y en el sentimiento que se esconde detrás de lo que te estoy diciendo. Tengo una concentración especial, mido las palabras del lenguaje. No por eso doy la historia de manera estudiada para siempre. Es decir, no siempre de la misma forma. A mí me determina para la emoción un personaje en la platea diferente, que de pronto me provoca una llamada de atención. Al cual yo inconscientemente dirijo la historia que estoy contando.

Y cuando se tienen las condiciones suyas, no cualquiera puede cantar clásico y popular con la idoneidad que usted lo hace..

¿Esa persona la transforma?
Sí, tiene mucho que ver con la energía, con la manera con que nosotros manejamos nuestra propia energía. No sólo para el afuera sino también internamente. Por eso te digo que un cantante debe prepararse en todos los aspectos. Todo debe estar en función de contar lo que se canta, decir lo que se dice y por qué se dice. La connotación social, política y cultural que tiene esa obra que nosotros extraemos de nosotros mismos y damos y entregamos al otro. Todo esto tiene que ver con la emoción. A mí me emociona como el primer día cantar “Siempre se vuelve a Buenos Aires” pero existe una connotación anterior en mi historia. En mi historia personal de desarraigo, de haber vivido extranjería, de ver a tantos que se quedaron fuera de casa y nunca más volvieron. Todo eso, uno no lo puede desprender, hacerlo a un lado y cantar “Siempre se vuelve a Buenos Aires” como si estuviera recitando la tabla del tres.

¿Considera que la emoción es diferente en el canto clásico y en el canto popular?

Lo que siento es que en el canto clásico está todo demasiado estudiado y pautado. No dejan nada librado a la improvisación, salvo aquellos grandes. Todo depende de la batuta de un director. No se puede estar cantando una romanza maravillosa, pendiente de la batuta de un director y no mirándose internamente a uno mismo. Hay melodías maravillosas en el canto clásico, y a veces cantan y no las aprovechan. A algunos cantantes se los ve tan estructurados, tan pendientes de demostrar sus espléndidas voces. Pero por espléndidas que sean sus voces, terminan de cantar y yo pienso… ¿y?. En cambio, uno escucha cantar a Plácido Domingo y se nota que tiene un vuelo musical. Está acostumbrado a trabajar el cuerpo, conoce y habla bien los idiomas, sabe traducir y respetar cada idioma en los que canta. Y al mismo tiempo sabe manifestarse como un actor incomparable. Creo que hay muchas cosas que le están pidiendo a gritos a un cantante clásico que deje de lado lo estructurado, esa paquetería de su cuerpo. Porque es un envaramiento el que tienen. Mucho más en el caso de los varones que las mujeres. Recuerdo el gran cantante que era Alfredo Kraus, era maravilloso. Era un señor que podía cantar cámara y ópera con la misma dignidad, la misma fuerza y la misma belleza. Pero también tenía una gran preparación. Callas era una gran actriz dramática. En uno de sus últimos recitales en París, entró al escenario, imponente con una capa roja y envolvió el escenario con su capa. Era una mujer consumida por los nervios, se descomponía, tenía pánico escénico sin embargo, cuando subía al escenario era imponente.

¿Cree que todo cantante sufre pánico escénico?

No, no. Me pongo muy nerviosa naturalmente pero después empiezo a aflojar por algo que dije o por algo que pasó.

¿Como se cuida la voz?

De todas maneras. En lo que como, en lo tomo. En las gárgaras que me hago y en las homeobox que llevo conmigo siempre en la cartera.

¿Tiene alguna rutina de vocalización?

No, no soy ordenada a tal punto. Sí sé, y lo enseño. Se que el cuerpo tiene que estar preparado para que las cuerdas vocales no se perjudiquen, no se inflamen. Todo el organismo apoya o defectúa el funcionamiento de las cuerdas vocales. Si un cantante toma alcohol o fuma, simplemente se está suicidando. Está matando su voz. Está atacando el órgano fundamental que le da razón de ser.
Si, por supuesto, es absolutamente necesario porque sino te quedas afónica por mejor colocada que tengas la voz. Además de hacer un calentamiento previo y tengo en cuenta la distribución del repertorio que voy a hacer.

¿Vocaliza antes de una función?

¿Qué hizo que usted se vuelque al tango?
Uh, desde que nací. Dice mi mamá que tenía cuatro años y que cantaba “La Morocha”. Yo estuve metida en la música desde muy chica. A mamá le gustaba el tango pero, curiosamente, a papá le gustaba Vivaldi. Ambos tenían formaciones muy diferentes. Los dos me pasaron el mandato y lo cumpl,í un poco para cada uno.

Conozca más sobre Susana Rinaldi:
http://www.latanarinaldi.com.ar
Por Soledad Sacheri
sacheri@sav.org.ar

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