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Intimidades de un hijo, homenaje al Dr. Juan Carlos Arauz

5 comentarios

 

Dr. Juan Carlos Arauz

Intimidades de un hijo, 

por el Dr. Juan Crlos Arauz  (hijo). 

Sólo la gratitud de un hijo que se ha sentido auténticamente  amado por su padre es capaz de generar estas palabras, sencillas, sentidas y humildes.  Agradecemos muy sinceramente al Dr. Juan Carlos Arauz  (hijo) por este regalo tan íntimo. 

Van a hacer 14 años desde que falleció mi padre, un grande entre los grandes. Tal vez es poco lo que pueda contar de él, ya que mucho se ha hablado y escrito sobre su vida. Recuerdo cuando, al cumplirse un año de su muerte, un grupo de discípulos decidió hacer un congreso en su honor en la mismísima Facultad de Medicina. En esos claustros, mi padre aprendió la teoría que años más tarde llevaría a la práctica con la mayor de las eficiencias. Allí también compitió como candidato a decano de esa casa de estudios y en un determinado momento decidió abandonar la contienda y ceder el lugar al contrincante. En esa facultad vivió lo peor y lo mejor, desde darle el titulo de médico a su hijo hasta ser yo mismo testigo de que lo llamaran “Profesor Genocida”. ¿Por qué? Simplemente porque ganó el concurso para profesor titular, después de tantos años de interinato en ese cargo durante el gobierno militar. 

En ese congreso en su homenaje, yo decidí hablar de su vida privada, aquella de la que nadie hablaría ese día y que casi todos desconocían.
Primero hice una breve reseña de su vida como médico y dije que él mismo había sido una regla matemática: conocimientos + caudal humano = médico. No caben dudas que al paciente no le sirven para nada esos parámetros por separado. Y agregué que el viejo visto desde mi óptica era perfectible. 

Descendiente de vascos y asturianos, nació en la casa de sus padres el 4 de Noviembre de 1921. Su primer sueño y anhelo fue ser campeón de automovilismo. A pesar de recibirse como médico, siempre conservó su pasión por los automóviles. Desde muy joven, vacacionó en Tandil y en Mar del Plata. Y fue precisamente en la ciudad de las sierras en donde conoció a Sara Elena, quien lo siguió en todo y apoyó su carrera, ya de por sí una tarea difícil. Mi padre jugaba al golf y era, junto con su casa en el Golf Club Argentino, su único lugar de descanso mental y disfrute verdadero. 

Se especializó en Philadelphia con Chevalier Jackson Junior y, al mismo tiempo, fue vice cónsul, lo que le permitió mantenerse económicamente ya que su padre había fallecido. Allí estuvo tres años y volvió a Buenos Aires para trabajar en el Hospital Rawson, en el Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez (nada menos que en la época de la gran epidemia de polio de 1956), en el Centro María Ferrer (en donde yo conocí a las personas que vivían en pulmotores) y en el Hospital de Clínicas. 

Mis recuerdos más vivos indican que era un hombre bastante autoritario. De chicos no nos hablaba demasiado; había una frase muy común en él que era: “no te estoy preguntando, te estoy dando una orden”. Para él, había cosas que eran de un solo modo, no debían ser explicadas; eran tan claras como el agua y no nos daba muchas alternativas. Tenía otra frase que en el fondo era futurista: “ya van a tener hijos y se van a acordar de mí”. Y claro que nos acordamos (tenemos hijos ya encaminados, somos y seremos abuelos y nos seguimos acordando). El deber principal era estudiar y la diversión se ubicaba en último lugar. Estas cosas dichas así pueden no parecer muy lindas y es por esa razón que nos preguntamos por qué lo admirábamos y lo amábamos tanto. Simplemente, porque era un hombre muy bueno, no tenía la más minima maldad en nada de lo que hacía o decía. Era una gran oreja para escuchar al que lo necesitara y  un amigo incondicional.
Su máximo deseo se cumplió: todos estudiamos una carrera universitaria y llegamos a ser profesionales; nos casamos y le dimos  doce nietos (decía que los nietos tenían dos cosas buenas: cuando venían y cuando se iban, pero en verdad moría por ellos). Le gustaba levantarse muy temprano y a la hora de acostarse a la noche, así estuviese el Presidente de la Nación decía: “juguemos a la taza, cada cual para su casa”, y se retiraba a dormir. Le decíamos “Juan Poxipol”, porque todo lo arreglaba con ese adhesivo y toda nuestra casa tenia ese toque gris de aquel producto. (Por suerte luego salió el Poxipol transparente). Le gustaba armar y desarmar. Fue así que le hizo cambio de aros a su moto, una Legnano 48 y a la primera patada arrancó.
Le tenía un gran miedo a la vejez sobre todo si era indigna.
Su vida transcurrió relacionada íntegramente con la Medicina y fue recién a los 60 años que empezó a disfrutar de la vida.  Llegó el momento de su segunda moto y de su segundo Torino, al cual le llamaba el “Muleto”.   En realidad, su vida y sus prioridades fueron siempre las mismas. Después fue operado de cosas importantes y bajó un poquito la velocidad. 

La última vez que lo ví con vida fue en un almuerzo en el Club Vasco Gure Etchea.  Debo aclarar que era un hombre muy emotivo y lloraba de tristeza y de alegría (bajaba sus anteojos y secaba las lágrimas disimulando tal acción).  En ese club, siempre tenía reservada la cabecera de la mesa. Los primeros momentos que estuvimos a solas me dijo que se iba a Cartagena como prócer porque le tenían que entregar premios y no iba a intervenir en el Congreso Colombiano.  Dado que no era afecto a los besos entre hombres, cuando intuyó que se venía el beso que yo siempre le daba cuando emprendía un viaje largo, se levantó, fue hacia la puerta y desde allí se despidió diciendo: “adiós, ya no los veo más”
Aun hoy sufrimos su ausencia.  Nos encontramos haciendo con nuestros hijos, no lo que él decía sino lo que él hacia: dar el ejemplo.  Hoy le agradecemos su dureza y perseverancia al ponernos límites.  Hoy y siempre lo seguiremos amando.  Que descanse en Paz.

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  1. Muy hermoso y muy real todo lo que aca expone su hijo, mientras leia estas palabras la cabeza se me llenaba de recuerdos frases y anecdotas que lo involucran al “Profe” . Creo que era imposible compartir un momento con Juan Carlos Arauz y no llevarse nada. Tenia una voz suave y siempre lo escuche hablar a los pacientes con extremado respeto, transmitiendo serenidad y esperanza. Muchas gracias por este calido recuerdo que nos llega a traves de este news!!
    Maria Viti

  2. juan carlos tedesco dice:

    gracias profe
    logre muchas cosas al lado
    suyo lotengo por usted
    y lo llevo en mi recuerdo
    jc

  3. florentina dice:

    Conocí al Dr.Juan Carlos Arauz en el Hospital Rawson entre 1953/1954, aproximadamente.Tenía yo, en aquel momento, unos 14 años de edad y padecía de una parálisis recurencial. Fui su paciente durante varios años, lo que me permitió comprobar el respeto y cariño con que ejercía la profesión, además de su solvencia moral e intelectual. En su memoria, quiero dejar testimonio de mi agradecimiento por todo lo que me brindó.

  4. Norma C.de Subizar dice:

    Dr.Arauz acabo de leer lo de su PADRE fue un GRANDE como lo será usted y lo recordarán del mismo modo sus hijos y nietos. Se pasan momentos duros en la vida, nunca se sabe, cuando… pero teniendo recuerdos tan hermosos se los guarda en un lugarcito del corazon donde permanecen toda la vida. Se que lo extrañará, la ausencia es terrible, a veces la herida cierra pero queda la cicatriz y no se borra nunca…nunca. El haberlo recordado como lo hizo demuestra su grandeza. No son todos los hombres capaces de reconocer tantos valores, amor y respeto. Hay una escala en la vida, se la dejaron a usted y sus hermanos y es lo que sin duda habrá transmitido y lo seguirá haciendo a sus hijos, esa es la tantas veces olvidada ESCALA DE VALORES.

  5. Pablo Acosta dice:

    1966-67. Yo tenía 6 años. Fuí atendido por el Dr. Arauz. No se por que pero yo le decía a mis padres o mis padres me decían a mi que iba atenderme Carlitos. Recuerdo el nombre de su hermano Santiago. Gracias a internet, veo su foto y claro como el agua puedo contrastarla con mi recuerdo…Viene a mi memoria que usaba unos anteojos chiquitos….(que emoción ver esta foto…)Me atendía en una clinica privada en la calle Cangallo si mal no recuerdo….Siempre tenía mucho miedo porque cada tanto me hacían unos “raspajes” en la garganta…En una de esas intervenciones, el Dr. Arauz lo vió muy afligido a mi padre y le digo…”No se preocupe que su hijo algún día va a cantar”…Yo de chico hablaba siempre muy afónico….El tiempo pasó, canté de niño, tuve de adolescente una banda de rock y ….sin ser profesional ni estar cerca de ello, sigo cantando y logro notas bastante altas….Por cierto cada tanto…(Al cantar por ej. A mi manera..)recuerdo las palabras de Carlitos… Sea este mi humilde homenaje…Gracias por haber publicado este espacio para recordarle.

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